Diarios de la Decolonización 10ª La democracia como credo, el voto como liturgia, la obediencia como acto de Fé y el Gobierno como el Dios Padre.
- holisticbridgeheal
- 14 dic 2025
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Primero deberíamos remontarnos a la creación de la susodicha democracia.
Veamos un poco de historia para no andar ciegos.
Ya en la primera edición de La República de Platón —considerada la primera gran obra de filosofía política—, escrita alrededor del 315 a. C., hace la friolera de 2.341 años, se discutía acerca de la democracia.
Confieso aquí mi profunda sospecha de que, en todo este tiempo, a nadie se le haya ocurrido un sistema mejor “para todos”, pues este ya funciona lo suficientemente bien “para algunos”, que —sospecho— son quienes lo han mantenido vigente a costa de sangre, sudor y lágrimas de tantos otros.
Pero quizá no sea tan malo el sistema democrático; quizá solo esté mal aplicado. Lo que vivimos hoy, se nos dice, es una democracia representativa: el pueblo decide a sus representantes por períodos determinados.
Existen algunos ejemplos —o un ejemplo paradigmático, como Suiza— donde no hay tales representantes permanentes, sino “encargados temporales” de los puestos que genera un gobierno.
No obstante, no solo existe la democracia representativa indirecta. También tenemos la democracia directa no representativa, en la que se crean mecanismos para que el pueblo vote cada decisión que emerge de la gobernanza. Si buscamos ejemplos históricos, la cosa se complica, porque incluso en las primeras democracias de Atenas, alrededor del 508 a. C., el voto estaba reservado únicamente a hombres libres, dejando aproximadamente al 75 % de la población fuera del juego político.
La democracia fue pensada para una población crítica, pensante y conocedora del funcionamiento del sistema y de sus instituciones. Y creo que aquí arrastramos uno de los grandes problemas: hemos heredado un sistema diseñado para una situación muy distinta, y estamos jugando al parchís en un tablero de la oca, con los resultados que ya están a la vista.
Han existido tantos sistemas represivos a lo largo de la historia del planeta que la mera ilusión de participación en la toma de decisiones resulta suficiente para que votemos por votar. Votamos “porque nos dejan”, o, en el mejor de los casos, como un acto de civismo que nos sitúa en el estatus de ciudadano responsable, más o menos como reciclar hoy en día.
Muchos pensarán que ellos sí saben, que toman decisiones basadas en el conocimiento de la situación actual en el momento del voto, y que eso los coloca “por encima” de quienes votan por fidelidad familiar, ideológica o por defensa del estatus que ocupan.
Sin embargo, incluso esa supuesta decisión informada viene contaminada: lo que sabemos sobre la situación política actual es lo que nos cuentan los canales mediáticos, atravesados por intereses económicos y políticos.
¿Quién, a día de hoy, puede afirmar con propiedad intelectual que conoce las intenciones reales detrás de los movimientos políticos antes de que estos sucedan? Si ese alguien existe, debe ser un superhumano intocable, porque normalmente quienes se acercan demasiado a esa verdad acaban comprados, silenciados o asimilados por el propio sistema.
Esto nos deja en un escenario rocambolesco: personas desinformadas jugando al voto “justo”, sin un gramo de veracidad en el proceso, convertido en una maraña de intereses económicos —recordemos que el sistema es capitalista— donde quien más apoyos compra más posibilidades tiene de mantener el poder.
Un poder que acaba perteneciendo siempre a una oligarquía disfrazada de bipartidismo (rojo/azul), lo suficientemente funcional como para mantener viva la ilusión de participación.
Así, cada cuatro años, tenemos nuestro momentum: el día en que saciamos el miedo a volver a sistemas represivos mediante una liturgia.
Cambiamos la fila para recibir la carne de Dios por la fila hacia las urnas, donde depositamos NUESTRA aportación al sistema que supuestamente nos mantendrá en el estatus de merecedores de un futuro abundante… futuro que rara vez aparece, por mucho que votemos y trabajemos.
Así como el acto de la comunión es un acto de fe religiosa, el voto acaba siendo también un acto basado en una creencia de la que tenemos muy pocas pruebas. En una sociedad supuestamente laica, donde el gobierno debería ser independiente de las fuerzas religiosas, la figura del pater ha sido sustituida por “el Gobierno”, ofreciendo una seguridad simbólica similar a la que antes representaba el líder religioso, el Papa.
De este modo, la institución de la democracia se transforma en un símil caricaturesco de la Iglesia: el ciudadano obediente ocupa el lugar del creyente, y la ciudadanía mayoritaria se convierte en votantes de programas inexistentes y de líderes políticos que, en realidad, son oligarcas disfrazados de azul y rojo.
El panorama es poco alentador. Los verdaderos amantes de la política y defensores de principios de justicia social poco o nada pueden aportar, pues el propio sistema se encarga de que no tengan lugar dentro de su estructura. Algo similar ocurre con las manifestaciones, incluidas como parte del “derecho a la queja” dentro de la democracia: permitidas y promovidas, pero a la vez asimiladas y silenciadas. Otro ejemplo más de lo retorcido del sistema en sí mismo.
En mi caminar me he topado con propuestas interesantes que se asemejan a lo suizo y que, gracias a la tecnología actual, parecen de fácil aplicación. La sociocracia, en cuanto a su organización ejecutiva, resulta sugerente: elimina la elección —tan prostituida— y se organiza en células autogestionadas y en relación constante, otorgándole un dinamismo notable.
También aparece la ontocracia, que incluye la democracia directa no representativa y que hoy podría implementarse fácilmente a través de aplicaciones tecnológicas. Sin embargo, esconde —al igual que la democracia en sus principios— el problema del SER. La ontocracia, o “gobierno del ser” (ontos), demanda SERES en todo el sentido de la palabra. Así como la democracia exigía “seres informados”, este sistema exige “seres centrados”, y tanto una cosa como la otra distan mucho de ser la realidad actual.
Del mismo modo que en el proceso de decolonización se requiere una decolonización interna o un proceso de purificación, la ontocracia necesitaría un proceso previo de centrado antes de su implementación.
La sociocracia, en cambio, no necesariamente: bastaría un proceso de digitalización del voto para permitir la participación diaria en las decisiones de gobierno, junto con una limpieza de cargos institucionales y una reestructuración en células. Esto abriría un camino de exploración interesante y un ahorro notable....
He tenido la oportunidad de experimentar la sociocracia al formar parte de un grupo organizado bajo este modelo, y me ha parecido funcional, interesante y, sobre todo, enormemente más justo que la democracia representativa actual.
Aun así, la sombra de la corrupción siempre planea sobre nuestras cabezas mientras no hagamos ese trabajo interno o “camino iniciático” necesario para actuar desde un centro.
Y aquí regresamos al campo terapéutico y filosófico:
Por ahora, sigo percibiendo la vuelta a la naturaleza como el único camino posible para llegar a ese centro: sanar la herida de la desconexión con la Madre, que nos hizo necesitar a "un padre", reconectándonos física y electromagnéticamente a la fuente, y devolviendo al centro la espiritualidad que Occidente terminó negando a golpes de cruz y de hoguera durante siglos.
Poder estar en comunión con todos los seres vivientes, en un espacio abundante en alimento, techo y medicina —que es, al final, lo único que necesitamos— permitiría sostener relaciones donde la relacionalidad florezca sin necesidades artificiales, creadas por el propio sistema capitalista, que embrutecen los vínculos.
Si regresamos a ese espacio natural, creo que la necesidad de “UN” sistema desaparecerá, dando lugar a un sinfín de propuestas libres de autogobierno en comunidades intencionales, donde la convivencia sea vista como una riqueza y no como una amenaza. Una diversidad que sume a la comunidad global y nos permita, por fin, despojarnos de totalitarismos basados en igualdades ficticias que dejan tras de sí un reguero de injusticia allí donde se implementan.


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