Diarios de la Decolonización 9ª El enemigo sin cuerpo
- holisticbridgeheal
- 11 dic 2025
- 4 Min. de lectura

Hay algo que cada día se vuelve más evidente en este camino:
el colonialismo y el capitalismo no tienen rostro.
No hay una oficina a la que ir a reclamarles.
No hay un general, un rey o un presidente al que señalar con el dedo o destronar con la fuerza del populacho.
Y por eso son sistemas tan eficaces: porque se vuelven intangibles, casi espirituales en su manera de operar. En occidente el nivel de devoción a un sistema es algo a estudiar psicologicamente.
Durante siglos —dos mil años como mínimo en la cuenca mediterránea— estas estructuras se han refinado hasta convertirse en un ambiente, no en una institución.
Una niebla.
Un campo electromagnético colectivo, si lo quieren ver así.
Algo que respiramos sin darnos cuenta.
El viejo imperialismo grecorromano, el feudalismo, las cruzadas, la inquisición, los imperios marítimos, la colonización de Abya Yala, la revolución industrial, la revolución financiera…Todo es la misma ola larga.
Un ciclo enorme.
Un experimento civilizatorio que nos dejó:
desplazados del territorio y peleados con nosotros mismos.
Y lo más perverso es que, como el sistema no tiene cuerpo, lo más fácil es buscar uno.
Y entonces nos culpamos unos a otros:
– que si los europeos,– que si los indígenas,– que si los conquistadores,– que si los mestizos,– que si los criollos,– que si la izquierda,– que si la derecha,– que si la ciencia,– que si la espiritualidad,– que si “tú no haces lo suficiente”,– que si “tú no entiendes lo nuestro”.
Mientras tanto, el verdadero autor intelectual se queda riéndose en la sombra, indemne, como siempre.
El sistema colonial-capitalista funciona así: siempre nos deja sin un culpable claro, o incluso deja demasiado claro cual es el unico culpable, pues si algo tiene el sistema es que no miente, te avisa, y el que avisa...no es traidor
Por eso seguimos luchando contra espejos.
Por eso cada tanto repetimos las mismas heridas.
Y aquí es donde aparece una intuición que me lleva acompañando desde hace tiempo:
somos víctimas del mismo ciclo, unos a un lado de la espada y otros al otro.
Los de Abya Yala y los del Mediterráneo.
Los que conservaron la memoria y los que la perdieron.
Los que fueron invadidos y los que nacieron siglos después sin comprender del todo de dónde venía el desastre.
Todos arrastramos las cenizas del mismo incendio antiguo.
Cuando miro la historia del Mediterráneo de los últimos dos mil años —imperios que caen, feudos que se devoran, pueblos anexados, lenguas borradas, guerras religiosas interminables— me queda claro que la herida no empezó en 1492.
Llegó allí después de un larguísimo entrenamiento de violencia, extractivismo y desconexión.
Los pueblos que luego llegaron a Abya Yala ya venían rotos, heridos y supurando malicia,
Y los que estaban aquí, al recibir ese choque, e intentar integrarlo desde la comunidad y la relacionalidad, también se rompieron.
Pero lo más duro no es eso.
Lo más duro es que seguimos creyendo que la culpa es de “los otros humanos”.
No vemos que hay un diseño detrás, una arquitectura de pensamiento que nos usa como peones, que nos roba el territorio, el cuerpo, la lengua o la memoria según la época y el territorio…
y luego se esconde detrás del telón.
Y aquí viene el punto esencial, la parte que quiero subrayar como si fuera la primera línea de un códice:
si el sistema no tiene cuerpo, nuestra lucha no puede ser contra cuerpos.
Tiene que ser contra la niebla.
Contra ese campo intangible que mantiene la desconexión como norma.
Contra la idea de que estamos separados.
Contra la creencia de que unos son víctimas y otros victimarios cuando, en realidad, somos todos piezas de un engranaje que nosotros no construimos.
Ya fueras un delicuente ocasional por necesidad enviado a galeras a remar o un agricultor joven involuntariamente alistado a las fuerzas del ejercito de la corona, fueras un gobernador de alguna cultura andina, o un simple habitante pacifico de la selva, el sufrimiento estuvo presente en algún punto...
No se trata de perdonar lo imperdonable.Tampoco de romantizar lo irreparable. Se trata de ver la jugada completa.
Porque si no la vemos, repetimos el juego.
Si la vemos, lo cambiamos.
Y quizá —solo quizá— eso es lo que nos toca a esta generación.
A quienes sentimos el llamado de reconectar con la Tierra, la lengua, la comunidad, el fuego, la memoria, la medicina.
A quienes vemos que esta “guerra sin enemigo visible” solo se gana recuperando territorio interior, territorio físico y territorio espiritual.
No vinimos a buscar culpables de sobras conocidos.
Vinimos a deshacer el hechizo, a desmontar el engranaje
Y eso empieza por nombrar lo que es:
un sistema sin cuerpo que nos hizo olvidarnos del nuestro.
Nos clasificó en bandos y nos lanzó "al Arena" para que nos sacáramos los ojos "Ad eternum", matar o morir..., correr o morir..., defender o morir..., remar o morir..., violar o morir...engañar o morir..., facturar o morir...poseer o morir...norte o morir...,
Un escenario para todos, una máquina de desconexión global, una injusticia universal y actual que no tiene nada que ver con banderas ni con culturas, solo con " el capital" del sistema "capitalista" que nunca miente, solo des-lumbra, te quita la luz....


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