Crónicas de Nehmiah, Entrada LVIII Serie Histórias de una Emoción, Capítulo 2 " El Nudo de Clara"
- holisticbridgeheal
- 27 ago 2025
- 2 Min. de lectura

Parte I :
Me llamo Clara.
Dicen que soy una persona “de pensar mucho”.
Lo que no dicen es que mi cabeza nunca se apaga.
Me despierto a las tres de la madrugada repasando facturas,
repasando lo que dije ayer,
lo que debería decir mañana…
repasando la vida entera!.
Hace semanas que tengo un nudo en la boca del estómago.
Al principio pensé que era por la comida,
pero no:
da igual si desayuno,
si ayuno o si solo bebo agua,
el nudo está ahí.
A veces me mareo,
a veces no tengo fuerzas,
como si la preocupación me chupara la energía antes de que llegue a las piernas.
Me dicen que no me preocupe tanto.
¡Como si fuera un interruptor!
Nadie entiende que esta telaraña no se corta fácil:
me envuelve,
me enreda
y me aprieta justo en el centro.
Parte II :
– Hoy,
sin embargo,
me detuve.
Cerré los ojos y puse las manos en mi estómago.
Sentí que ese nudo no era un enemigo,
sino un mensaje.
La preocupación me decía:
“no me alimento de realidades, me alimento de fantasmas”.
Entonces lo vi:
me estaba envenenando con futuros que no existen,
masticando problemas que todavía no llegan,
digiriendo escenarios que son humo...
Recordé algo del Jin Shin Jyutsu:
que para calmar la preocupación basta con abrazar el dedo pulgar,
como quien toma de la mano a un niño asustado.
Lo hice.
Y algo cambió.
Como si por un momento pudiera sostenerme a mí misma,
y el nudo dejara de apretar tanto.
Entendí que la preocupación no se combate pensando más,
sino confiando más.
Y que mi estómago no se cierra por capricho:
me grita que aprenda a digerir la vida tal como es, no como temo que sea.
Parte III :
Me miro al espejo y casi me sorprendo:
la sombra que llevaba bajo los ojos ya no está tan marcada.
Respiro más profundo,
y lo más extraño…
puedo comer sin miedo.
No porque mi dieta haya cambiado mucho,
sino porque yo cambié la manera de “digerir” lo que me pasa.
El estómago ya no es cárcel de pensamientos que mastico una y otra vez.
Ahora sé que las preocupaciones son como globos:
si las suelto,
vuelan solas,
no necesito tenerlas amarradas al cuerpo.
Y el bazo
—ese pequeño guardián de mis defensas—
parece agradecérmelo;
siento más energía,
menos cansancio,
como si mis células me aplaudieran cada vez que elijo confiar en lugar de controlar.
Hace unas semanas empecé un ritual sencillo:
cada vez que la mente quiere engancharse a un problema,
pongo mis manos suavemente sobre el plexo solar y respiro tres veces profundo.
Es como decirle a mi estómago:
“No tienes que tragártelo todo, yo me ocupo”.
Y de verdad funciona.
Ahora me descubro sonriendo más.
Los que me conocen me dicen que parezco más ligera,
como si hubiera dejado de cargar una mochila invisible.
Tal vez sea eso:
por fin solté el nudo.
Y en ese espacio vacío que quedó,
estoy dejando entrar la calma.


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