Diarios de Decolonización II, Cuando el Papiro inventó la Propiedad Privada
- holisticbridgeheal
- 18 nov 2025
- 4 Min. de lectura
Las sociedades humanas atraviesan hoy una crisis que no puede reducirse a lo político ni a lo económico: es una crisis de relación.
La desconexión entre los seres humanos y la tierra,
entre comunidad y territorio,
entre conocimiento y vida,
es el síntoma visible de un proceso histórico cuyo origen se hunde mucho más allá de los imperios modernos.
Todo comienza con una sensación:
que en algún punto del camino algo se quebró.
Una grieta que separó al cuerpo de la tierra,
al territorio de la comunidad,
al tiempo de sus ciclos.
Desde entonces caminamos como quien ha olvidado un nombre antiguo,
intuyendo que la herida es anterior a nosotros.
No nació en la modernidad,
ni en la colonización del siglo XVI,
ni siquiera con los imperios que llenaron de hierro el mundo.
La ruptura es más profunda:
un alejamiento progresivo del territorio,
una desfiguración del vínculo,
un olvido del ritmo que sostiene la vida.
Para comprenderla, hay que descender al punto en que la humanidad dejó de escucharse a sí misma a través de la tierra.
Allí aparece una imagen:
un papiro recién tallado,
ligero,
replicable,
archivable.
Antes de él, la escritura era piedra:
pesada,
ritual,
irrepetible.
La piedra hablaba solo en momentos decisivos,
y su peso impedía que la memoria se volviera inventario.
El papiro inauguró algo nuevo:
la posibilidad de conservar acuerdos fuera del cuerpo,
de registrar posesiones sin presencia humana,
de fijar en un rollo lo que antes era vínculo vivo.
El documento sustituyó al testigo.
La marca material reemplazó al acuerdo comunitario.
A partir de ese momento, la tierra dejó de ser un espacio de uso compartido sostenido en la memoria viva, para convertirse en una entidad susceptible de ser “poseída” mediante prueba escrita.
Allí —no en la arcilla, ni en el bronce, ni en la espada— se estableció la propiedad privada.
En el momento en que la tierra dejó de necesitar personas para ser reconocida, y comenzó a necesitar documentos.
Pero para llegar al papiro,
primero tuvo que haber agricultura.
Y para la agricultura, domesticación.
Y para la domesticación, separación:
entre quien planta y lo plantado,
entre quien habita y lo habitado,
entre quien toma y lo tomado.
El quiebre no es una fecha: es un gesto,
el gesto de un ser humano que, por primera vez, se piensa fuera de la naturaleza.
Desde ese gesto nacen Sumeria, los archivos, los catastros, las leyes, los templos y los títulos de propiedad.
Y consciente del poder del documento, cada imperio perfeccionó un manual que se repetirá por milenios: quemar la memoria del otro.
La historia registra sus marcas:
– 212 a. C.: quema de libros y académicos ordenada por Qin Shi Huang.
– 292: Diocleciano ordena destruir textos de alquimia y saberes “peligrosos”.
– 333: Constantino quema los escritos de Arrio.
– 448: Teodosio II manda destruir obras paganas críticas al cristianismo.
– 979: Almanzor quema libros de la Gran Biblioteca de Córdoba.
– 1242: Luis IX quema veinticuatro carretas de Talmud en París.
– 1258: los mongoles destruyen la Casa de la Sabiduría en Bagdad.
– 1499–1500: quema de manuscritos granadinos.
– 1562: Diego de Landa quema los códices mayas en Maní.

– 1610: destrucción de la obra de Juan de Mariana.
– 1933–45: quemas nazis de libros judíos, marxistas y “no alemanes”.
– 1936–39: quemas franquistas de bibliotecas y editoriales.
– 1976–83: un millón y medio de libros destruidos en la dictadura argentina
.– 2015: destrucción masiva de libros por el Estado Islámico.
– 2019: quemas contemporáneas por fanatismos de distinto signo.
La lista es larga. Demasiado larga.
El archivo se convirtió en poder, y quemarlo, en arma.
Y la onda expansiva llegó a Abya Yala con todo el peso acumulado de milenios.
Pero allí donde el impacto fue más profundo comenzó también el ascenso.
En Abya Yala sobreviven calendarios que recuerdan que el tiempo gira,
tejidos que enseñan que la vida se sostiene por relación,
filosofías que afirman que la tierra tiene corazón,
y saberes donde la palabra no es archivo, sino soplo.
Los pueblos que resistieron la última ola del quiebre conservaron lo que el papiro borró:
la certeza de que la tierra no se posee.
Se conversa.
Se acompaña.
Se agradece.
Se escucha.
Por eso el retorno comienza allí: porque representan continuidad.No por ser anteriores, sino porque nunca rompieron el vínculo.
Desde ese centro vivo, el camino vuelve a abrirse:
hacia los Andes, donde la justicia es equilibrio;
hacia el altiplano, donde conocer es respirar;
hacia la selva, donde caminar es recordar;
hacia el maíz, donde la gracia sostiene la vida;
hacia el Mapu, donde la dualidad busca abrazo;
hacia cada territorio donde la tierra aún tiene nombre.
Y mientras el retorno avanza, la grieta comienza a cerrarse:
en una reconciliación con el presente.
La conexión vuelta a aprender.
La relación vuelta a sentir.
El territorio vuelto a escuchar.
El mundo vuelto a ser tejido.
El círculo se completa cuando comprendemos que el problema nunca fue la escritura,
ni la técnica,
ni la agricultura,
ni la propiedad privada,
ni la espada,
ni el caballo,
ni la pólvora,
ni el oro,
ni la iglesia.
Ni siquiera Dios.
El problema fue el olvido del vínculo.
Y la respuesta no consiste en deshacer, sino en desandar.
No en interrumpir, sino en recordar: volver a unir lo que se separó.
No en regresar al pasado, sino en regresar al centro.
Como toda herida profunda, toca reabrirla para limpiarla y que cierre bien.
Como un hueso mal soldado, toca romperlo para que sane recto.
Duele...
Pero hay horizonte.
Hay camino hacia un futuro guiado por una memoria más antigua que la herida.
La Tierra sigue ahí, esperando.
El corazón bajo el suelo sigue latiendo.
La memoria —aunque fragmentada— sigue viva.
El camino ya no es lineal.
Vuelve sobre sí mismo.
Se ajusta.
Respira.
Y ha comenzado a regresar.


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